Siempre es igual…

Desde que te conocí, he sido incapaz de terminar un libro. Afirmación nefasta y triste, lo sé. Pero así es. Yo, ese intento de lectora solitaria que abría un libro con la intención de evadirse de la realidad y buscar otros mundos mucho mejores con los que soñar – o mucho peores, con los que compararse y sentirse afortunada-. Esa yo, ahora, evita dejar durante mucho rato su universo por si te escabulles de sus manos. Por si te pierdes de mí. Esa yo que pasaba horas delante de muchas letras juntas, ahora no es capaz de plantarse delante y mantener la concentración durante unos minutos. Esa yo, ahora, es un poco tú. Esa yo, ahora, no puede dejar de pensarte. Esa yo, ahora, tiene una realidad tan hermosa contigo en ella que no necesita evasión ninguna. Esa yo, ahora, vive su propia novela de vida.

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Sólo en mi mundo tú eres

Por más que yo quiera y tu ideal me convenza, he de darme cuenta que tú sólo eres la noche perdida; la oscuridad sin luz alguna. Eres la perversión sin cautela. Mis ansias infinitas y mi pérdida de conciencia.

Por más que yo quiera tú sólo sales en las películas. O en mi caso, en las novelas. En cortas historias de fantasía ilustrada que mi mente proyecta. En dibujos en blanco y negro que nunca tomarán un color adecuado – deseado-.

Por más que yo quiera tú sólo eres deseo. Sin palabras; sólo gestos.Sólo en tu cama. Nunca en la mía. Sólo cuando hace frío y el sol no te calienta. Sólo cuando la vergüenza te llena y mis fuerzas flaquean.

Sólo en mi mundo tú eres algo más de lo que ya eras.

La noche de Andrés

Esa noche el hombre se hizo inmortal. El portero se hizo pasador. Las tempranas lágrimas de Adriano atravesaron almas y describieron la realidad de miles de sevillistas. La mil veces repetida unión entre el duende y D12S, única. El coraje de Puerta marcando su penalti, eterno. La garra de Drago, perpetua. Las puntas de los dedos de Palop, imborrables. Esos guantes blancos que paraban balones imposibles. ¿Cómo hiciste aquello, Andrés? Todavía hoy recuerdo esa angustia cuando, con el empate en el marcador, los minutos de la prórroga corrían veloces como Navas por su banda diestra, y para la ronda de penaltis que nos íbamos. Dios mío. No tenía muy seguro que mi pecho en taquicardia aguantara aquello. Mas el destino sevillista nos tenía guardado a un portero con un alma tan inmensa que hasta con ella paró balones pericos. Y nos hizo ganar. Otra vez. Un año y seis días después allí estábamos en un verde césped escoces ganando nuestra segunda copa de la UEFA. Y tras parar, parar y parar, corrió, corrió y corrió. Ya nadie lo paraba a él. Qué grande eres Andrés.

Gracias por darme TANTA GLORIA Y TANTO FÚTBOL. GRACIAS

En la espalda

Él se acerca a su espalda. Ella está absorta en movimientos de rutina mientras se quita la ropa. Lentamente. De las tareas inhibidas; sólo eso aunque guarden una gran belleza. El lomo desnudo lo atrae. Sus manos se deslizan por los costados y crecen. En menos de una milésima de segundo los poros bullen para recibirlo. Las manos ya tocan unos pechos erizados repletos de fiebre. Él la calienta abrigando su dorso con ansia. Ella torna la cabeza para encontrarse con quien ya sabe la recibirá. Ahí, se topan en una miscelánea de deseo y antojo. Sus bocas medio entornadas no tienen otro remate. Y se tocan los labios. Él ha llegado a su destino. Sus palmas mezclan la piel. Amasa y acaricia a la vez. Ella remata la interrupción del mundo de los vivos y presagia estar bajando al infierno para quemarse sin auxilio. La suelta. El diptongo se hace hiato. Ya. Él Besa su pelo y se aleja. Ella toma su ropa de cama y mantiene la rutina. Pijama, sueño y mañana será otro día.